martes, 13 de septiembre de 2011

Price of the blood

El crujir de las hojas secas bajo mi peso, me alentó a continuar por entre los árboles, con elegancia precisa. Yo era una con la naturaleza, y la gran Gaia, una conmigo.
Me aventuré retozante, entre ramas bajas y troncos caídos, sola entre tanta oscuridad y únicamente guiada por el fulgor de la luna, que alegre marcaba esa noche el camino. Pero yo no temía nada, no había nada que temer. El bosque era mi hogar, mi fuente de vida, mi refugio... Y mientras más me adentraba, más segura me sentía.
Entonces, lo percibí. Un olor dulzón con tintes metálicos... era tan inconfundible, como el sonido del viento otoñal, aullando entre las copas de los árboles. Aquello era sangre.
Me puse ciertamente en alerta, y avancé cuidadosa. Sabía lo que me esperaba cuando cruzase la gran mata espesa de matorrales, y me sumergiese por completo en el aquel claro, que tan bien conocía; pero así y todo me revolvía en mis pensamientos, como siempre, hasta el último segundo.
Cuando finalmente di los pasos finales en aquella dirección, y me sacudí, momentos después sin delicadeza las hojas que me habían quedado prendidas, le miré en detalle.
Tenía un aspecto realmente aterrador, con su tez tan pálida y brillante a la luz de luna llena. Sus ojos, claros y cristalinos como el agua que tenía tras si, me reflejaban mientras me sostenía la mirada, y su oscuro cabello azabache, caía sin un orden, pero lacio y dócil como la mismísima lluvia, sobre su frente.
Era casi etéreo, la clase de criatura que en épocas medievales, hubiese sido acusado de brujería. Y cuanta razón habría en ello! Me sonrió con un gesto cálido y desde las comisuras de sus curvados labios, asomaron sus letales colmillos.
Me invitó a acercarme hacia él, con una mano extendida. Dudé unos segundos, antes de avanzar. No era que despreciara su tan anhelada compañía, sino que el dulce olor a sangre que despedía, y parte de sus ropas y piel empapadas en ella, me descentraban de mi objetivo.
-Luces encantadora, esta noche- murmuró en mi oído. Acto seguido, emití un gruñido involuntario de satisfacción, que lo hizo lanzar una carcajada con aquella voz suya, tan suave y elegante. -Déjame apreciarte una vez más, antes de que el astro rey, toque de nuevo estas tierras.
Me moví pausadamente hacia atrás, alejándome de mala gana de sus caricias envolventes sobre el costado de mi cuello. Él sostenía una de las hojas que había quitado de mi enmarañado pelaje de color chocolate.
Miré hacia mi amada luna, y aullé por última vez esa noche, en su honor, antes de perder la forma con la que Gaia me había bendito para recorrerla como guardiana. Mi cuerpo se curvó, atormentado por el dolor que producía el cambio. Mi columna comenzó a enderezarse nuevamente, mis costillas a acortar espacio entre ellas y a achicarse como el resto de mis huesos; las puntiagudas orejas, recuperaban su forma pequeña y redondeada, y el hocico se achataba hasta formar mi antiguo rostro humano, de rasgos sutiles. Finalmente lo que quedaba de mi pelaje, desapareció dejando sólo a la vista, mi morena piel humana, de regreso.
Él, sonrió complacido y se acercó para rodearme con sus brazos, mientras yo me estiraba perezosamente intentando acostumbrarme a mi nueva forma.
Temblé por la fría sensación del viento sobre mi cuerpo desnudo, más débil, que ahora sufría el clima. El joven, tan conocido para mi, tan salvaje y a la vez humano como yo, me rodeó con un tapado abrigado y ambos nos sentamos bajo la protección del inmenso roble, que guardaba el secreto de nuestros encuentros en cada luna llena...


No hay comentarios:

Publicar un comentario